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Cuatro minutos contigo

Juan Antonio Sánchez Herrera

Prólogo

La vio antes de que ella le viera a él, y eso, en un social, es casi una ventaja injusta.

Estaba de pie junto a la columna del fondo, donde nadie se pone porque el aire acondicionado sopla directo a la nuca. Vestido verde oscuro, por encima de la rodilla, espalda descubierta. Zapatos de baile de verdad, no sandalias de boda. El pelo recogido de cualquier manera, como quien se lo sujeta con prisa antes de arrepentirse de haber salido de casa.

No bailaba. Miraba.

Julián llevaba diecinueve años en los sociales de Valencia y sabía distinguir a quien mira para aprender de quien mira para recordar. Ella recordaba. Se le notaba en los hombros, en cómo marcaba el tiempo con el pulgar contra la copa de agua, en el modo en que cerraba los ojos un segundo cuando entraba el bajo.

Toni, desde la cabina, le hizo un gesto con la barbilla. Esa, decía el gesto. Julián negó con la cabeza. No sacaba a desconocidas que miraban así. Las que miraban así solían irse antes de la tercera canción.

Terminó una bachata sensual con Nuria, le dio las gracias con una mano en el hombro y se giró hacia la barra a por agua.

Y ella estaba allí. Delante. A medio metro.

—Tú eres el que escucha —dijo.

No era una pregunta. Tenía la voz más grave de lo que él había imaginado, un poco ronca, como si hubiera hablado poco ese día.

—Perdona, ¿qué?

—Llevo una hora mirando. Todos los demás bailan la música que ya conocen. Tú esperas a ver qué hace la canción antes de hacer nada. —Ladeó la cabeza—. Eso no se enseña.

—Se aprende —dijo él—. A fuerza de equivocarse.

Ella sonrió sin enseñar los dientes. Tenía una peca diminuta justo encima del labio superior, a la izquierda. Julián se dio cuenta de que la estaba mirando demasiado tiempo y no le importó.

—Te propongo un juego —dijo ella.

—Miedo me das.

—Una canción. Lo que dure, cuatro minutos más o menos. No me dices tu nombre, no te digo el mío. No preguntas a qué me dedico, no te pregunto si tienes pareja. Bailamos. Y cuando termine, cada uno se va por su lado. —Hizo una pausa—. Sin después.

—¿Y si la canción es mala?

—Entonces habrá sido un mal juego. Pero no creo que tu amigo el de la gorra nos ponga una mala.

Julián miró a la cabina. Toni ya había entendido. Ya estaba buscando algo con los dedos, con esa cara de pirata que se le ponía cuando decidía el destino de alguien.

—Acepto —dijo Julián—. Con una condición.

—Las condiciones las pongo yo.

—Una pequeña. Si en algún momento quieres parar, me lo dices con la mano. No con los pies. Con la mano.

Algo se movió en la cara de ella. Algo antiguo. Asintió despacio.

Empezó la música. No era bachata. Era una kizomba lenta, de esas con guitarra acústica y una voz masculina que parece cantar desde el fondo de un pozo. Toni, cabrón.

Ella no esperó a que él la invitara con el brazo. Se acercó sola, apoyó la mano izquierda en su nuca, la derecha en la suya, y dejó caer el peso del pecho contra él con una confianza que no era de alguien que llevaba años sin bailar.

Julián respiró hondo. Olía a algo cítrico y a piel caliente.

La kizomba no es un baile de pasos. Es un baile de peso. El que guía no lleva los pies del otro: lleva su centro, su respiración, el lugar exacto donde se apoya el cuerpo. Julián le marcó una salida lenta, apenas un desplazamiento hacia su derecha, y ella lo siguió sin anticiparse. Ni un milímetro de más. Ni uno de menos.

Lo sintió entonces. Ese clic que pasa muy pocas veces, cuando dos cuerpos que no se conocen descubren que tienen el mismo tempo.

La llevó hacia atrás en un passada, ella cruzó la pierna por dentro de la suya y se quedó ahí un segundo más de lo necesario, con el muslo rozándole la cara interna de la rodilla. Él notó el calor a través de la tela del pantalón. Ella también lo notó, porque contuvo el aire.

Nadie habló. En la kizomba no se habla.

Segundo minuto. La mano de él bajó por su espalda desnuda hasta el punto exacto donde empezaba el vestido, ni un centímetro más abajo. Allí se quedó. Ella respondió apoyando la frente en su mandíbula. Bailaban casi sin moverse, una saída corta, una pausa, el balanceo de las caderas siguiendo la guitarra. Él podía sentir cada respiración de ella contra su pecho. Y ella, seguro, sentía la de él, que se había vuelto más lenta y más profunda.

Tercer minuto. Julián se atrevió con un giro, despacio, la sacó de su pecho y la volvió a traer. Al volver, ella no se colocó donde estaba antes: se colocó más cerca. La cadera de ella contra la suya. Los labios de ella a un centímetro de su cuello. No lo besó. Solo respiró allí. Una vez. Dos.

Julián cerró los ojos y pensó que llevaba tres años sin sentir eso. No el deseo, que el deseo es fácil. Otra cosa. La certeza de estar exactamente donde tenía que estar.

Cuarto minuto. La guitarra empezó a deshacerse. Él la llevó en un último desplazamiento lateral, muy lento, la sostuvo en el centro de la pista mientras se apagaba la voz. Ella se quedó quieta. Él también.

La canción terminó.

Durante un segundo, ninguno de los dos se separó.

Luego ella dio un paso atrás. Tenía las mejillas encendidas y los ojos muy abiertos, como alguien que acaba de despertar en una cama que no es la suya.

—Gracias —dijo.

—Ha sido…

Ella levantó la mano. Con la mano. Como él le había dicho.

Julián se calló.

—Sin después —dijo ella.

Y se fue. Cogió un bolso pequeño de la silla del fondo, no se cambió de zapatos, salió por la puerta de cristal a la noche de octubre. Julián se quedó en mitad de la pista con las manos vacías y el olor a cítrico pegado a la camisa.

Toni le puso una bachata a todo volumen para despertarlo. Julián no la bailó.

Esa noche, en casa, tardó mucho en dormirse. Pensaba en la peca encima del labio. En el muslo contra su rodilla. En el modo en que ella había levantado la mano.

Pensaba, sobre todo, en que una canción dura cuatro minutos.

Y que hay deseos que no terminan cuando deja de sonar.

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