Prólogo
Valencia, viernes 10 de octubre, 6:12 de la madrugada
El vídeo dura cuatro minutos y once segundos y tiene, a día de hoy, dos millones trescientas mil reproducciones.
Lo grabó un repartidor de comida a domicilio que se llamaba Iván y que esa madrugada volvía a casa en moto por el polígono de Vara de Quart. Lo grabó porque le hizo gracia. Eso dijo después, en la declaración, con las manos temblando sobre la mesa: que al principio le hizo gracia. Que vio a una chica bailando sola en mitad del aparcamiento vacío de una nave, bajo la única farola que funcionaba, y pensó que estaba borracha, o que era una de esas cosas que se graban para las redes, y paró la moto y sacó el móvil.
En los primeros segundos del vídeo se oye el motor al ralentí y la risa de Iván.
—Pero qué hace esta loca.
La chica lleva un vestido corto de lentejuelas negras y unos zapatos de baile de tacón, plateados, de los que tienen la suela de ante. Tiene el pelo largo, oscuro, recogido en una coleta alta que se balancea a cada paso. Baila bachata. Cualquiera que haya bailado bachata alguna vez lo reconoce enseguida: el paso básico, uno, dos, tres, y el golpe de cadera en el cuarto tiempo. Uno, dos, tres, y el golpe. Lo hace bien. Lo hace muy bien, con la elegancia de alguien que lleva años en las pistas, con los hombros quietos y la cadera suelta y los brazos en la posición exacta de quien baila con pareja.
Pero no tiene pareja.
Ese es el primer detalle que, vistos los cuatro minutos y once segundos, se vuelve insoportable. Los brazos de la chica están en posición cerrada: la mano izquierda apoyada en un hombro que no existe, la derecha cogida a una mano que no existe, a la altura del pecho. Y cuando gira, gira como se gira cuando alguien te lleva: con un pequeño impulso que no sale de su cuerpo, que viene de fuera, de la mano invisible que sujeta la suya.
A los cuarenta segundos, Iván deja de reírse.
—Oye. Oye, ¿estás bien?
La chica no le mira. La cámara se acerca. Se ve entonces la cara: es joven, guapa, con el maquillaje corrido por las mejillas en dos líneas negras. Tiene los ojos muy abiertos y fijos en un punto a la altura de su propia frente, a un palmo, como se mira a alguien más alto que te tiene abrazada. Y sonríe. Una sonrisa enorme, rígida, que le tira de las comisuras hasta enseñar las encías.
Y está llorando.
Las dos cosas a la vez. Sonríe y llora, y mientras llora mueve los labios, y si se sube el volumen al máximo, como han hecho millones de personas, se la oye contar.
—Uno. Dos. Tres.
Y el golpe de cadera.
—Uno. Dos. Tres.
El golpe.
Nunca dice cuatro. Se le abre la boca en el cuarto tiempo, como si fuera a decirlo, y no sale nada.
* * *
En el minuto uno y veinte, la cámara baja hacia los pies.
Esta es la parte que la gente pausa. La parte de las capturas de pantalla, de los hilos de teorías, de los comentarios que dicen no puedo dormir y por qué he visto esto y alguien sabe si está viva. Los zapatos plateados están rojos. No rojos de fábrica: rojos de dentro hacia fuera, empapados, con el ante de la suela convertido en una pasta oscura que deja marcas en el asfalto a cada paso. Uno, dos, tres. Las marcas forman un dibujo en el suelo del aparcamiento. Un dibujo perfecto, simétrico, de un paso básico de bachata repetido cientos de veces sobre el mismo metro cuadrado.
La chica lleva horas bailando.
—Para —dice Iván, y se le rompe la voz—. Para, tía, para, que te estás haciendo daño.
Baja de la moto. Se acerca. La cámara tiembla. Se oye su respiración y, de fondo, algo más. Algo que no está en el aparcamiento. Una música lejana, metálica, como la que sale de una radio vieja con las pilas gastadas. Una bachata antigua, de guitarras limpias y bongó, con una voz de hombre que canta algo que no se entiende.
No había ninguna radio. La policía lo comprobó. No había ningún coche aparcado, ningún bar abierto en un kilómetro a la redonda, ningún móvil encendido en el bolso de la chica, que estaba tirado en el suelo, junto a la farola. La única música de aquel aparcamiento era la que se oye en el vídeo. Y los técnicos de audio de la policía, que analizaron el archivo durante semanas, no pudieron explicar de dónde venía.
Iván estira el brazo. Le toca el hombro a la chica.
Y entonces ella gira la cabeza.
No el cuerpo. Solo la cabeza. El cuerpo sigue bailando, uno, dos, tres, y el golpe, mientras la cabeza se vuelve hacia la cámara con un movimiento lento, de muñeca mecánica, sin dejar de sonreír. Mira a Iván. Mira a la cámara. Mira, ahora lo sabemos, a los dos millones trescientas mil personas que la miran a ella.
Y dice, con la voz rota, en un susurro que solo se entiende con cascos:
—No me suelta.
Iván retrocede. Se oye un golpe: la moto, que se cae. La cámara apunta al cielo, a la farola, al asfalto. Cuando vuelve a encuadrar a la chica, ella ya no está mirando. Ha vuelto la cabeza hacia su pareja invisible y baila con los ojos cerrados, abrazada a la nada, como se baila la kizomba en las salas a esas horas en que ya solo quedan los que no quieren irse a casa.
En el minuto cuatro y cinco, la música se para.
La chica se para con ella. Se queda quieta, con los brazos todavía en posición, en mitad del dibujo de sangre que han hecho sus pies. Se balancea un poco. Abre los ojos.
Y en el último segundo del vídeo, el que nadie ha conseguido explicar, el que ha sido ampliado y filtrado y comentado más que ningún otro, se ve algo en el cristal de la nave que hay detrás de ella. Un reflejo. La chica, sola, de espaldas, con los brazos levantados. Y frente a ella, a un palmo, más alto, un hombre vestido de blanco.
Traje blanco. Sombrero blanco. Una mano en la espalda de la chica.
El vídeo se corta ahí.
* * *
La chica se llamaba Noelia Vidal. Tenía veintiséis años, trabajaba de dependienta en una tienda de ropa de la calle Colón y era una de las mejores bailarinas de bachata de Valencia.
Unas horas antes, en una sala de baile a trescientos metros de aquel aparcamiento, un hombre le había pedido un baile.
Ella no le contestó. Le miró de arriba abajo, se volvió hacia su amiga y se rio.
Ese hombre era yo.
