Capítulo 1 · Fragmento
El hombre al que nadie miraba
A Juanito Peralta lo habían confundido tantas veces con un perchero que había empezado a tomárselo como un cumplido.
—Por lo menos un perchero sirve para algo —le decía a Paco, el dueño del bar de abajo, mientras removía un café con leche que ya se había quedado frío de tanto removerlo.
—Tú también sirves para algo, Juanito.
—¿Para qué?
Paco se quedó pensando. Pasó la bayeta por la barra, que estaba limpia. La volvió a pasar. Miró la tele, donde un hombre del tiempo señalaba una borrasca con mucho entusiasmo.
—Para escuchar —dijo por fin—. Escuchas muy bien.
—Eso lo hacen también las paredes.
—Pues no se hable más. Eres una pared estupenda.
Juanito tenía cuarenta y siete años, nueve novelas publicadas y treinta y dos lectores, contando a su madre, que había comprado cada libro tres veces «para que suban en las listas». Vivía en un tercero sin ascensor en Lavapiés, justo encima del bar de Paco, en un piso tan pequeño que cuando estornudaba en la cocina le respondía el eco desde el dormitorio. Tenía una estantería entera llena de ejemplares de sus propias novelas, todos sin vender, ordenados por colores, porque si tenía que verlos todos los días al menos que fueran bonitos.
Su última presentación había sido en una librería de la calle Argumosa. Habían puesto doce sillas. Habían venido tres personas: su madre, una señora que buscaba el baño y un repartidor de Glovo que se equivocó de dirección y, por educación, se quedó hasta el turno de preguntas.
—¿Alguna pregunta? —había dicho Juanito, con el micrófono temblándole en la mano.
El repartidor levantó la mano.
—Sí. ¿Esto es el número 14 o el 16?
Así era la vida de Juanito Peralta. No es que le fuera mal. Es que no le iba. Era como si el mundo hubiera decidido, sin consultarlo con él, que Juanito era una de esas cosas que están ahí pero en las que nadie se fija: una farola, un buzón, el señor que sale de fondo en las fotos de las bodas.
En el autobús, la gente se sentaba encima de su abrigo. En las colas, se le colaban con total tranquilidad, como quien pasa por delante de una columna. En la panadería, la dependienta le decía «¿quién va ahora?» mirándole directamente a los ojos.
—Yo —decía Juanito.
—¿Alguien más? —insistía ella.
Y Juanito se compraba la barra de pan con una sensación extraña, como si estuviera pagando por existir y aun así le devolvieran mal el cambio.
* * *
Pero había dos cosas que a Juanito le hacían sentirse vivo.
La primera era escribir. Cuando se sentaba delante del ordenador, a las seis de la mañana, con el café en una taza que ponía «El mejor tío del mundo» (no tenía sobrinos; la había encontrado en un banco del parque), Juanito se convertía en otra persona. En sus novelas había piratas, detectives, amores imposibles, abuelas que escondían diamantes en las croquetas. En sus novelas, la gente se miraba a los ojos y se decía cosas importantes. En sus novelas, nadie confundía a nadie con un perchero.
La segunda era la bachata.
Los jueves por la tarde, Juanito se ponía su camisa buena —la azul, la que según su madre le hacía «cara de notario simpático»— y bajaba a la academia Sabor y Son, en la calle Ave María, a dar clase de bachata sensual nivel intermedio. Llevaba dos años en el intermedio. La profesora decía que estaba «a punto de dar el salto». Lo decía desde hacía dos años.
La profesora se llamaba Vanesa.
