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La coreografía que no ensayamos

Juan Antonio Sánchez Herrera

Prólogo

En bachata se cuenta hasta ocho.

No hace falta decirlo en voz alta. Los pies lo saben antes que la boca. Uno, dos, tres, y una pausa que no es silencio, es otra cosa: el momento en que dos personas deciden, sin hablar, seguir juntas un compás más.

Nico Ferrer llevaba tres años contando esos ocho tiempos con la misma mujer.

Sabía exactamente cuándo Sofía Duarte iba a girar antes de que ella misma lo decidiera. Sabía en qué tiempo exacto su mano izquierda iba a buscar la de él sin mirar. Sabía, sobre todo, el momento preciso en que la música terminaba y los dos, todavía abrazados, tardaban un segundo de más en soltarse.

Ese segundo de más nunca había tenido nombre.

Llevaban tres años sin ponérselo.

Esta es la historia de las cuatro semanas en que, por primera vez, alguien les preguntó qué eran. Y de los ocho tiempos que tardaron en responder.

La academia estaba vacía a esa hora. Vale había apagado las luces del pasillo y solo quedaban encendidos los focos cálidos de la sala grande, reflejados dos veces en el espejo y una tercera en el suelo encerado. Afuera llovía con la paciencia de las noches que no tienen prisa por terminar.

Sofía se agachó para cambiarse los zapatos. Había dejado una horquilla sobre el banco, junto a la botella de agua de Nico, como hacía siempre. Él la miró sin querer mirarla: el gesto concentrado con el que se anudaba las zapatillas, la forma en que repasaba mentalmente la música moviendo apenas los dedos, el mechón que se le soltaba cuando estaba cansada.

—Una vez más —dijo ella.

—Llevamos diciendo «una vez más» cuarenta minutos.

—Esta es la verdadera.

Nico sonrió y volvió al centro de la sala. Sofía colocó la mano en la suya. La canción empezó desde el altavoz pequeño, demasiado bajo para llenar aquel espacio, pero ellos no necesitaban más. Habían repetido esa coreografía tantas veces que podían seguirla incluso cuando la música se cortaba. De hecho, una noche se había ido la luz a mitad del ensayo y habían continuado ocho tiempos enteros en la oscuridad antes de darse cuenta.

Llegaron al descenso 4. Sofía cayó hacia atrás, confiando el peso a su brazo. Nico la sostuvo. El tiempo debía continuar, pero ninguno lo hizo. Permanecieron quietos frente al espejo, respirando el mismo aire, demasiado cerca para fingir que aquel segundo pertenecía solo al baile.

El altavoz avanzó sin ellos.

Cinco, seis, siete, ocho.

Sofía fue la primera en incorporarse.

—Otra vez —murmuró.

Y Nico entendió que no hablaba de la coreografía. O tal vez sí. Ese era el problema: durante tres años, todo lo importante entre ellos había aprendido a esconderse detrás de palabras técnicas.

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La historia continúa en La coreografía que no ensayamos.

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