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Lo que la luna cobra

Juan Antonio Sánchez Herrera

Capítulo 1 · Fragmento

En Velmira nadie llama a la puerta de la Casa del Plenilunio después de medianoche. Se llama antes, con el abrigo puesto y el recuerdo elegido, como quien va al médico sabiendo ya dónde le duele. Después de medianoche solo vienen los desesperados y los que han perdido la cuenta.

Aquella noche llamaron tres veces.

Vera no levantó la vista del libro de deudas. Mojó la pluma, anotó la cifra del último cliente —una alegría de infancia, un cumpleaños con tarta de ciruelas, valor medio— y sopló sobre la tinta. La luna menguante entraba por el ventanal de la sala de recaudación y dibujaba en el suelo un arco pálido, como una uña.

—Está cerrado —dijo sin alzar la voz.

La puerta se abrió de todas formas.

Lo primero que entró fue el frío. Lo segundo, el olor: lluvia, tabaco de clavo y algo más antiguo, como el interior de un libro que nadie ha abierto en años. Lo tercero fue él.

Vera lo conocía. Todo Velmira lo conocía. Juanito había detenido la peste del puerto con un solo hechizo, había levantado el puente de las Siete Arcadas en una noche, había hecho llover sobre los campos del sur durante el año de la sequía. Y lo había pagado todo. Decían en los mercados que ya no recordaba el nombre de su madre. Decían que dormía con la luz encendida porque había olvidado de qué tenía miedo y eso era peor que tenerlo.

Era más alto de lo que ella esperaba. Llevaba un abrigo negro empapado y no hizo ademán de quitárselo. Tenía los ojos de un gris cansado, de piedra mojada, y una boca que parecía a punto de decir algo irónico y luego, en el último momento, cambiar de idea.

—Usted es la recaudadora —dijo.

—Y usted no sabe leer los horarios de la puerta.

Algo se movió en la comisura de sus labios. No llegó a ser una sonrisa.

—Sé leer. Lo que no sé es esperar. Tengo una deuda pendiente con la luna y prefiero pagarla antes de que ella venga a cobrármela.

Vera dejó la pluma. Lo miró de verdad por primera vez, y en ese instante sintió algo que no tenía nombre: un tirón en el pecho, breve, como cuando se pisa un escalón que no existe. Lo atribuyó al frío.

—Siéntese.

Él se sentó. Puso las manos sobre la mesa de roble, entre los dos, y Vera vio que le temblaban. No mucho. Lo justo para que el anillo de plata del dedo corazón golpease la madera con un clic diminuto, una y otra vez, como un reloj que se ha vuelto loco.

—¿Qué hechizo debe?

—Uno pequeño. De hace seis años.

—Seis años es mucho tiempo para una deuda.

—La luna es paciente conmigo. —Se encogió de hombros—. Supongo que sabe que no tengo mucho más que darle.

Vera abrió el registro de deudas antiguas, un tomo encuadernado en piel azul que olía a cera y a polvo. Pasó las páginas hasta el año de la peste. Buscó la letra J. Su dedo se detuvo sobre una línea escrita con su propia caligrafía, y frunció el ceño, porque no recordaba haberla escrito.

Juanito. Luna llena. Hechizo de vida. Deuda: un recuerdo de amor. Aplazado a petición de la luna.

—Aquí dice que el hechizo fue de vida —murmuró—. No es pequeño.

—Para mí lo fue.

—¿A quién salvó?

Él la miró con una especie de tristeza educada.

—Si lo supiera, Vera, no estaría aquí.

La historia acaba de empezar

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