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Ochocientos kilómetros: La lista compartida

Juan Antonio Sánchez Herrera

Capítulo 1 · Fragmento

El cartel llevaba tres meses colgado junto al espejo grande, y a nadie le extrañaba ya: «Viernes de baile — añade tu canción aquí», con un código QR debajo, un poco torcido, como si lo hubiera pegado alguien con prisa entre dos clases.

Nora lo escaneó la primera noche por curiosidad, y se quedó.

La lista se llamaba, sin ninguna imaginación, Viernes. Ciento cuarenta y dos canciones. Bachatas lentas, kizombas con mucho bajo, alguna salsa que nadie pedía nunca pero que nadie se atrevía a borrar. Cualquiera de la academia podía añadir un tema. Nadie firmaba. Ese era el punto: música sin dueño, para que sonara igual para todos.

Excepto que, desde hacía un mes, Nora había empezado a notar algo que probablemente no debería importarle tanto.

Cada vez que ella añadía una canción, aparecía otra distinta al día siguiente. No al azar. Respondía.

Ella puso una bachata sobre no saber qué hacer con las manos cuando alguien te gusta. Al día siguiente, alguien añadió una sobre no saber qué hacer con los pies cuando alguien te mira. Ella puso una sobre la distancia exacta entre dos cuerpos que bailan bien juntos. Al día siguiente: una sobre lo que se siente cuando esa distancia, por fin, deja de sobrar.

No tenía pruebas de nada. Solo tenía una lista de Spotify y una sospecha que se negaba a decir en voz alta, ni siquiera a sí misma.

—¿Tú crees que la lista tiene dueño? —le preguntó a Inés, apoyada en la barra, mientras se cambiaba los zapatos.

Inés no levantó la vista de sus cordones.

—La lista es de todos. Por eso es anónima.

—Ya. Pero hay como… una conversación. Dentro de las canciones.

—Nora.

—¿Qué?

—Llevas tres semanas escuchando temas de Spotify como si fueran una carta cifrada.

—No es una carta cifrada.

—Es exactamente una carta cifrada.

Nora no lo negó más. Se limitó a atarse el zapato con más fuerza de la necesaria.

El problema no era no saber quién estaba al otro lado. Tenía una idea. Marcos iba a la academia desde septiembre: hablaba poco, bailaba mejor de lo que hablaba, y siempre —siempre— era el primero en llegar y el último en irse, como si necesitara ese rato extra de silencio antes y después de la música. Un par de veces, cuando bailaron juntos, él había mirado hacia el altavoz justo cuando cambiaba la canción, con una expresión que a Nora se le quedó grabada más tiempo del que le hubiera gustado admitir.

Pero una expresión no es una prueba. Y ella no quería construir toda una historia a partir de una mirada, para luego enamorarse de la historia y no de la persona.

Así que decidió hacer una prueba. No para tender una trampa. Para dejar de adivinar.

Añadió una canción muy concreta. Una que hablaba, sin ninguna metáfora, de estar cansada de las canciones que hablan sin decir nada.

El viernes siguiente, la sala olía a madera pulida y a perfume de doce personas distintas. Nora llegó pronto, sin admitir ante nadie —ni ante ella misma— que llegar pronto tenía algo que ver con la lista.

La playlist se abrió a las nueve, como cada semana. Cuando sonó el tema número once, a Nora se le paró un segundo la respiración.

No era una respuesta poética. Era casi un chiste: una canción con un título ridículamente literal sobre lo tonto que es adivinar en vez de preguntar.

Miró hacia la barra. Marcos estaba allí, con un vaso de agua, mirando el techo con demasiada concentración para alguien que solo está mirando un techo.

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La historia continúa en Ochocientos kilómetros: La lista compartida.

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